Las personas con discapacidad constituyen un grupo poblacional significativo en cualquier sociedad. Según reportes internacionales, representan el 10% de la población mundial1 y se estima que para el año 2025 su número sobrepasará los 800 millones.

Además de las acciones propias que se establecen en las poblaciones para alcanzar un estado de salud determinado, estas personas necesitan medidas especiales de índole: médicas, educacionales, laborales, culturales, psicológicas y actuaciones sobre el medio ambiente, entre otras, de manera que permitan su total inclusión, sin desventajas en su medio social; por lo que es necesario, implementar las intervenciones y disposiciones posibles con el objetivo alcanzar una mejor calidad de vida acorde a sus capacidades físicas, sensoriales o mentales remanentes.

La sexualidad es parte inherente de la personalidad, integra elementos físicos (biológicos), psicológicos (emocionales, intelectuales) y sociales (históricos, culturales) del individuo, que le permiten actuar y sentir como hombre o mujer. Su florecimiento depende de la satisfacción de necesidades humanas primordiales como son: el deseo de contacto, de intimar, lograr placer, ternura y amor, además de la necesidad del individuo, de realización plena desde su condición como ser sexuado. Su completo desarrollo, en todas las dimensiones de la vida, es esencial para el bienestar individual, interpersonal y social de una persona.3-5

Por su magnitud, la sexualidad, trasciende la simple relación sexual de genitalidad y erotismo; es la expresión psicológica y social de una persona sexuada en una sociedad y cultura determinada. A partir del criterio que la salud sexual y la sexualidad son elementos presentes cuando se trata de calidad de vida, y que en el caso de las personas con discapacidad se afecta, por múltiples motivos, es imposible considerar como integral, un programa de rehabilitación que no incluya la educación, orientación y tratamiento de las necesidades sexuales a quienes esté dirigido.3,6-11

Para abordar la problemática sexual, e implementar, adecuadamente, acciones para su atención, es necesario, en primer lugar, interpretar debidamente cómo las enfermedades que provocan discapacidad pueden afectar la sexualidad.

DISCAPACIDAD Y SEXUALIDAD

Con frecuencia, las personas con discapacidad afrontan un sinfín de restricciones para su desenvolvimiento personal y social, no solo por sus propias deficiencias, también, por actitudes y conductas inapropiadas de los aparentemente normales que los rodean; y se evidencia cuando de la sexualidad precisamente es tratada por los prejuicios, tabúes y estigmas, que impiden expresar y vivenciar adecuadamente este importante aspecto de la existencia humana.

Entre algunos mitos y tabúes difundidos sobre la sexualidad de las personas con discapacidad se tienen: 9,10,12,13

– No tienen intereses de índole sexual. FALSO

– Casi siempre son dependientes de los demás, por lo que necesitan que los protejan y ayuden constantemente. FALSO

– Sólo deberían formar parejas con personas como ellas. FALSO

– Si una persona con discapacidad padece una disfunción sexual, casi siempre se               debe a su estado físico o mental. FALSO

– Si una persona mantiene relaciones con una con discapacidad-hombre o mujer- es porque no puede atraer a otros individuos o tiene un interés ajeno a cualquier vínculo afectivo (intereses monetarios, de vivienda, por ejemplo). FALSO

– Las personas con retraso mental son “hiper eróticas”. FALSO

– Las personas con lesiones medulares no tienen cómo sentir placer. FALSO

– Los individuos con discapacidad tienen mal carácter. FALSO

– Abordar el tema sexual les puede originar más preocupaciones y frustraciones. FALSO

– Deberían cambiar sus intereses sexuales para evitar el rechazo o complicaciones médicas. FALSO

– Tiene capacidad limitada para criar y educar a sus hijos. FALSO

– Una persona con discapacidad no es apto para recibir ni producir placer. FALSO

– Al no tener una respuesta sexual completa, no pueden lograr relaciones sexuales satisfactorias. FALSO

– No podrán tener hijos o embarazarse. FALSO Por lo que también requieren una sólida educación en anticoncepción.

Desafortunadamente, tales concepciones, asociadas al desconocimiento sobre la discapacidad y sexualidad de los profesionales de la salud, además de las dificultades biológicas que afectan el funcionamiento sexual, han engendrado, el criterio sobre la atención de la sexualidad que no representa un hecho primordial a considerar durante el proceso de rehabilitación, por lo que muchas veces este aspecto es obviado o relegado a un segundo plano.

El conocimiento de la importancia de una sexualidad sana, libre de prejuicios, resulta esencial para los profesionales (especialistas en rehabilitación, educadores, y kinesiólogos, entre otros) que atienden a personas con discapacidad. Igualmente, deben estar informados acerca del impacto que pueden provocar estas afecciones sobre la sexualidad, de manera que puedan atender cualquier duda o dificultad relacionada con los problemas que
presenten estas personas, educandos o familiares, lo que permite al menos evitar iatrogenia. En ocasiones basta un sencillo consejo para eleve la autoestima de la persona o retome su vida sexual de manera segura y placentera8 11.

 

PROBLEMÁTICA SEXUAL

Debido a circunstancias biológicas o psicosociales que se presentan en individuos con discapacidades, la sexualidad se puede afectar de variadas maneras y aunque estas alteraciones no solo se manifiesten en el ámbito erótico, son las disfunciones sexuales el aspecto que más les inquieta y al mismo tiempo, el menos manejado por los profesionales. De manera general, la problemática sexual se puede ordenar de la siguiente manera. 8,9, 13-21

  1. Dificultades sexuales predominantemente orgánicas. Entre las afecciones que más perjudican la respuesta sexual se tienen:

– Enfermedades neurológicas: lesiones medulares, enfermedades degenerativas como la enfermedad de Parkinson, lesiones de nervios pelvianos, traumatismos craneoencefálicos.

– Insuficiencia renal crónica.

– Enfermedades endocrinas metabólicas: diabetes mellitus, amiloidosis.

– Enfermedad cardiovascular: hipertensión arterial, cardiopatía isquémica.

Se evidencia durante la exploración física o mediante pruebas complementarias, modificaciones de la sensibilidad en el área genital, alteraciones de los reflejos vinculados con la respuesta sexual (bulbo cavernoso, cremastérico, anal) y trastornos vasculares, entre otros, que orientan hacia una anomalía de origen orgánico. La enfermedad o lesión daña (muchas veces de forma irreversible) los órganos o sistemas que intervienen en la respuesta sexual.

La dificultad sexual y su magnitud (desde la disfunción eréctil, trastornos de lubricación, ausencia de eyaculaciones, o pérdida de la percepción del orgasmo, entre otras), dependen del lugar donde radique el daño biológico, las variadas circunstancias que presentan son múltiples y particulares para cada individuo. Además de la entrevista, resulta fundamental una evaluación física apropiada para determinar la situación específica por la que está atraviesa el individuo.

  1. Alteraciones sexuales de causa predominantemente psicológica. Manifiestas por lo habitual en afecciones como:

– Limitaciones de la capacidad de aprendizaje (retraso mental).

– Enfermedades sensoriales: sordera y ceguera.

– Afecciones del sistema osteoarticular (artritis, amputaciones).

– Enfermedad pulmonar obstructiva crónica.

– Enfermedades neurológicas: poliomielitis paralítica, síndrome de Guillan Barré, accidentes vasculares encefálicos sin daño de centros que intervienen en la respuesta sexual, parálisis cerebrales.

En estos casos no se afectan los centros, órganos o sistemas que intervienen en la respuesta sexual, por lo que al examen físico sexual no se revelan alteraciones de la sensibilidad o de los reflejos. Los cambios físicos, sensoriales o mentales, prejuicios y tabúes, influencias (barreras) sociales negativas (de actitudes o ambientales), la ansiedad, depresión o estados similares, impiden que el individuo, su pareja, o ambos, expresen adecuadamente sus sentimientos y disfruten plenamente su sexualidad (desde su condición de hombre o mujer) con discapacidad. Las influencias psicológicas negativas son la génesis de las dificultades sexuales que presentan, como pueden ser: alteraciones del deseo sexual, disminución de la autoestima, dificultades con la erección, relaciones interpersonales y de pareja, asunción inadecuada de roles de género, entre otros.

En las disfunciones orgánicas también se presentan conflictos psicológicos que complican la situación y atención de la persona, que se deben considerar durante el diagnóstico.

  1. Alteraciones físicas, mentales, o ambas, que influyen negativamente en la práctica de las actividades sexuales o en la inclusión social.

En las personas con discapacidad, más allá de las alteraciones propias de la respuesta sexual y aun sin manifestaciones, se pueden presentar circunstancias que perjudican su capacidad de erotismo, con concurrencia social. 7, 9, 13, 15, 17, 18 Para el diagnóstico y las orientaciones sexuales, se recomienda tener en cuenta:

– Deformidades y contracturas de miembros y tronco, que restringen la movilidad, en general, y posiciones del coito, en particular.

– Parálisis musculares que limitan la movilidad y desplazamiento.

– Movimientos involuntarios (temblores, atetosis, ataxias).

– Espasticidad marcada.

– Pérdida de visión, audición y habla (dificultan adquirir y desarrollar vivencias sexuales y comunicación erótica).

– Trastornos sensitivos, dolores rebeldes a tratamientos (dolor fantasma, por cáncer).

– Pérdida de controles de micción y defecación.

– Disnea, angina de pecho.

– Limitaciones para realizar actividades de la vida (vestirse, higiene personal, alimentación, traslado).

– Dificultad con normas y conductas sociales (fundamentalmente en el retardo mental).

– Circunstancias propias del embarazo (que hacen su desarrollo y seguimiento sea especial).

En la anterior clasificación, se debe considerar el origen principal del problema, tener presente que las causas planteadas no se excluyen entre sí, y el impacto negativo de la discapacidad sobre la psiquis del individuo siempre está presente, en mayor o menor proporción y, consecuentemente, el cuadro clínico resulta variable.

Es importante destacar que existen necesidades particulares relacionadas con la salud sexual de estas personas, que necesitan orientaciones concretas; y aunque los discapacitados, o sus familiares, en determinado momento, no presenten evidentes problemas o quejas directamente relacionadas con la respuesta sexual, necesitan indicaciones específicas e individualizadas que difieren de las que habitualmente recibe el resto de la población, como son: adiestramiento sobre el tipo y uso de anticonceptivos (específicos en casos como las lesiones medulares), cuidados higiénicos y corporales especiales durante la actividad sexual, atención del desarrollo psicológico y sexual de los descendientes con discapacidad, prevención de infecciones de transmisión sexual (ITS) y cuidado durante el embarazo, entre otras.9,15-17,21-25

La difusión de conocimientos sobre sexualidad, dirigida a la población común, tradicionalmente no incluye las personas con discapacidad, a pesar de sus necesidades de instrucción sobre el tema debido a las propias condiciones biológicas, psicológicas y sociales particulares de estos individuos, para los que estos temas son desconocidos, y es esencial que tales informaciones se ofrezcan oportunamente por parte de profesionales de la salud, especialmente los vinculados a la especialidad de medicina física y rehabilitación.9,15

 

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